domingo, 1 de enero de 2017

UN FINAL VEROSÍMIL

Charles Bukowski probablemente iba borracho cuando escribió esto (y probablemente también era de noche):

tendría que haber un lugar adonde ir
cuando no puedes conciliar el sueño
o estás cansado de emborracharte
y la hierba ya no da resultado, 
y no me refiero a pasarse
al hachís o la cocaína, 
me refiero a un lugar adonde ir aparte de
la muerte que aguarda
o un amor que ya no
funciona.

tendría que haber un lugar adonde ir
cuando no puedes conciliar el sueño
aparte de un televisor o una peli de cine
o comprar un periódico
o leer una novela.

es no tener ese lugar adonde ir 
lo que crea la gente que ahora está en los manicomios
y los suicidas.

supongo que lo que hace la mayoría de la gente
cuando no hay adonde ir
es ir a algún lugar o hacer algo
que no les satisface ni de lejos, 
y ese ritual tiende a desbastarlos
hasta permitirles seguir adelante de alguna manera
incluso sin esperanza.

esas caras que ves todos los días por la calle
no fueron creadas 
del todo sin
esperanza: sé amable con ellas: 
al igual que tú
no han
escapado.

Me pregunto cómo es posible que yo, años después de la publicación de este poema, también pueda estar preguntándome adonde puedo ir cuando no logro conciliar el sueño. 

La vida en sí es un milagro, pero que la soledad y el abandono del alma sean tan constantes, esto sí que es un milagro. Somos todos unos estúpidos egoístas que nos pasamos el día con otra gente solo para corroborar nuestro egocentrismo. Creemos que somos simpáticos y agradables, pero lo cierto es que esto es lo que nos gustaría ser. Es cuando estamos solos cuando llegamos a ser quienes somos realmente. 

Nos cuesta comprender que no somos un cuerpo físico ni un icono ni una rosa; más pronto que tarde la piel que recubre nuestras entrañas también acabará por marchitarse y entonces ya será demasiado tarde para hacer florecer aquello que ya está más que muerto. ¡Cuánto tiempo perdemos intentando hacer aquello que se supone que debemos hacer y que podríamos aprovecharlo haciendo aquello que queremos hacer! ¡Cuánto miedo se esconde entre nuestros huesos, y qué ruidosos son esos silbidos que nos instan a no arriesgarnos, a no perder, a no intentar! Y cuántas lunas nos cuesta entender que todo es fruto de lo que pensamos; y ya no es nuestro cerebro el dueño de nuestros pensamientos, si no nuestro ser espiritual, nuestra consciencia. 

En medio de este barullo de ruidos ensordecedores, la noche tiembla. Hemos perdido la fe y vagamos como marionetas por las calles de las ciudades, creyendo que nuestros pies siguen un camino correcto, previamente establecido y que desembocará en un atardecer luminoso. Lo cierto es que cuando el titiritero se canse de nosotros, no habrá más final posible que la desesperación del desamparo. No podemos ni intentar salir corriendo, ahora que vemos la verdad: nos han ligado bien fuertes los cordones de los zapatos y nos han abandonado en el polvo. 

Quizá las personas hemos dejado de ser reales. Ya no sabemos ni a qué sabe eso de ser uno mismo y pensar por sí solo. Y por esto creo que el verde de las plantas, el ardor del sol y la luz de los riachuelos es lo único que tenemos, lo único que realmente tenemos. Es el vestigio más preciado de la humanidad y representa todo aquello que podríamos ser si nos dejásemos envolver por los pequeños y merecedores placeres de la vida. La pureza de aquello que es natural puede hacernos conectar con nuestro real ser. 

Supongo que Charles Bukowski escribió este poema porque necesitaba un lugar en donde existiera aquello que no es. 
Supongo que por esta misma razón he escrito esto.

Con mucho cariño y amor,
Diana. 

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